EL HOMBRE ES LO QUE COME
Un importante filósofo de la modernidad (Feuerbach), exponía su teoría de que “el hombre es lo que come”. Y, en cierta medida, no le faltaba razón. No me estoy refiriendo ahora a la comida física que cada día, gracias a Dios, puebla nuestras mesas, y más en estos días de la Navidad, sino a esa otra comida que alimenta nuestra vida en forma de cultura y que nos hace ser aquello que vemos, oímos, leemos, percibimos…
Porque las personas no son solo un cuerpo: están compuestos también de otra dimensión, llamémosle alma o espíritu, que hace grande a las
mismas y que las define y caracteriza. Si esa dimensión solo la cultivamos de cotilleo, de violencia, de revistas del corazón, de deporte, de sexo, de frialdad, de ideales y proyectos rastreros… nuestra vida será eso, porque eso es lo que llena el “estómago” de nuestra alma.
Muchos dicen que hoy se echan de menos personas, líderes, que promuevan un auténtico humanismo, que sean grandes en ideales, que descubran la generosidad y el altruismo, la entrega y el valor de darse…
Cuando solo nos alimentamos de la bazofia que llena nuestra televisión, cuando somos incapaces de leer una buena lectura, de estar suscritos a una buena revista, de acudir a actividades que promuevan la auténtica cultura, de participar en los actos que llenan otras dimensiones de nuestra vida, de colaborar en las tareas que son de todos, de cultivar también la dimensión religiosa que todos llevamos… nos quedamos famélicos y manifestamos quién somos de verdad.
El inicio de un nuevo año puede ser una buena ocasión para revisar nuestra dieta, también en esta otra dimensión: ¿qué le falta, qué le sobra, qué necesita, que sobreabunda? Quizás por eso, Jesús quiso nacer en Belén (la ciudad del Pan) y fue colocado en un pesebre (lugar para comer): porque quería que también Él estuviera presente en nuestro menú para alimentar nuestro humanismo y, alejándonos de la anemia, hacernos grandes como personas. ¡Que nos alimentemos de Él! ¡Feliz Navidad!