LA HISTORIA DEL SALMÓN
Decía el abuelo a su nieto Luis: ¿Has visto alguna vez a los salmones saltando río arriba? Realizan un viaje contracorriente increíble.
El salmón nace en el río y permanece en agua dulce mientras es pequeño. Al llegar a la juventud, baja hasta el mar, donde vive y llega a la madurez. Cuando se acerca la época de la reproducción emprende el camino de vuelta, volviendo exactamente al lugar donde nació.
Es un viaje muy duro, centenares de kilómetros, llenos de dificultades, de rápidos y cascadas. Lo peor es que el salmón se encuentra en el río a muchos peces, compañeros, que se dejan arrastrar por la corriente y que le dicen: “Ven con nosotros. En el mar se está muy bien. ¿Para qué quieres ir más arriba?”
Y otros le gritan: “¡No subas más arriba. Hay peces que te atacan” Y es verdad. El salmón puede ver en su camino algunos salmones heridos por las mordeduras de otros depredadores acuáticos.
Entonces empieza a dudar, pero al mismo tiempo escucha una voz interior que le empuja: “Salmón, ¡No te dejes llevar por la comodidad, cumple tu designio!¡Continúa tu viaje con los compañeros que luchan a tu lado! O sigues río arriba o la corriente te arrastrará hacia abajo y no cumplirás tu importante misión. No hay otra alternativa: ¡O río arriba o hacia el mar!”
Parece que los salmones no comen nada, una vez que han comenzado su ascensión río arriba. Sólo el instinto les da fuerzas para luchar contra corriente. No todos llegan a la meta: muchos mueren exhaustos durante su titánico viaje.
Pero al llegar al lugar de su nacimiento, las hembras ponen los huevos y los machos los fertilizan. Ya pueden, agotados, morir: ellos sí han sido fecundos, entregando su vida para dar vida a otros.
Y ¿sabes, Luisito, que Jesús dijo: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por otros"? Pues esto es lo que hizo él por nosotros.