Costumbres y tradiciones

MAÑANA DE PASCUA EN VILLALMANZO  

Como nunca, las campanas se entregan a su labor, giran,  voltean. Tañen. Los mejores repiques nos regalan. Una vuelta,  otra, muchas para musicar los ambientes todos de un acogedor  lugar conocido como Villalmanzo. No es para menos: es domingo  de Pascua. Como nunca se luce el campanario de la iglesia en un  día donde los soles cascajuelos estrenan su mejor vestido de luz,  de abalorios brillantes lleno. La procesión

Los suelos mejores se estrenan en el atrio de alfombra, mientras  sus espacios se preparan para el gran acontecimiento del día, del  año se podría decir, en el calendario popular religioso. ¿Cuál  puede ser? nos preguntamos. Bien, aquí en este mismo lugar,  dentro de muy poquito  una madre llena de  dolor, no es para menos  pues hace dos días le  han crucificado a su  único  hijo;  va  a  encontrarse  con  él.  Noticias  hay  que  señalan  que  ha  resucitado tras tres días  de  tinieblas,  de  abandono. Entonces…  ahora… ¿por dónde  está? 

Como han quedado en  verse en esta mañana; mientras su madre se prepara, se arregla y  se pone guapa; quiere él recorrer, visitar el pueblo: calles, plazas,  jardines, caminos. Siempre rodeado de sus fieles. Abre la comitiva  el pendón en terciopelo albar seguido de la cruz parroquial entre  monaguillos con ciriales; a continuación un cofrade de la Vera  Cruz con el madero: un sudario sobre el travesaño, otros cuatro  cofrades acompañan a un Jesús recién resucitado en su periplo  por el entorno. Detrás el celebrante además de autoridades con  varas de justicia; también gentes de buen hacer que intentan  disfrutar en las mejores horas de este paseo­procesión junto al  resucitado. 

La Virgen MaríaSiguen las campanas como locas, de tantas vueltas que dan. En  la portada de la parroquia se han citado Madre e Hijo, se aproxima  éste último, y, tras la entrada se escucha esta estrofa: Cojamos cuatro doncellas/ estas andas con cuidado/ que va la Virgen  María/ en busca de su Hijo amado. “Si puede ser daos más prisa,  mi Hijo me espera; estará cansado.” Las apremia, Ella, a sus  mozas. 

Ya en la calle, donde todo es luz, belleza y, un carrusel de  colores, Madre e Hijo se miran, se contemplan; lágrimas de gozo  recorren sus mejillas coloradas. Pero…, algo extraño sucede:  hace señas María, a sus séis doncellas. Es entonces cuando dos  de ellas, con delicadeza exquisita, le quitan el luto de un manto, y  aparece una bella criatura, sus labios de sonrisa, irradia su rostro  felicidad, de fiesta su escogido vestido. Ahora sí. Con solemnidad  Madre e Hijo se abrazan, se quieren. Al tiempo sus damas  siembran, con sus delicadas voces juveniles, el ambiente de  cantares alegres que, de encuentro hablan, que de felicidad el  lugar llenan, que, de regocijo los corazones inundan, nunca tan  emocionados. 

Échenos la bendición/ con esas  manos tan bellas/ por si acaso no  volvemos/  a  cantar  estas  doncellas. Entonan las mozas  mientras los componentes de la  Cofradía del Rosario, de rigurosa  gala, con insignia y estandarte,  hacen pasillo de honor a una  Madre y su Hijo que juntos acuden  al templo. En este corto trayecto,  disimuladamente Nª Sª, se dirige a  una de sus mozas más próxima  para susurrarle al oído: “Qué  guapas estáis las séis, os prefiero  así que con el luto y velo. De veras  que os favorece la falda azul que  combina con el negro del corpiño  además del blanco de las medias.  El detalle de los lazos en el recogido del cabello es para  sobresaliente. ¡Ah! y que no se os olvide el reparto, entre la  población, de las rosquillas bañadas, pastas con anises, emes y  tarta, que, como regalo os he traído. Más bien, un pequeño detalle  por lo mucho que me habéis ayudado con vuestra compañía en  estos pasados días, tan tristes y duros. Hoy es de alegría pues he  recuperado a mi Hijo. ¡Gracias! gracias a todas vosotras, mis  mejores doncellas.”  

 José Luis Aragón Arribas