Relatos a mediodía

  EL LOBO CORDERO  (Adaptación de un cuento de mi escuela, a comienzos de los años 60)

  El abuelo Juan, pastor jubilado, tomaba el tibio sol de noviembre a la puerta de su casa. Andrés y Enrique, amigos de su nieto, se acercaron, discutiendo,  a saludarlo.
    —Hola, señor Juan, ¿a que ya no hay lobos en nuestro monte? — le preguntó Enrique, preadolescente obsesionado con esos animales.
     —No. Hace tiempo que desaparecieron de estos pagos.
     —Pues, entonces… ¿por qué llaman “La Boca la Loba” a un agujero grande que hay en La Lobera?
      —Son los restos de una bodega hundida. Hombre, hablando de lobos, recuerdo una historia que me contaba mi madre de niño. Me la aprendí de memoria, de tanto  escuchársela. ¿Os la cuento?  
     Los dos amigos se acomodaron en el suelo, entorno al abuelo, que se entregó con pasión al doméstico placer de contar historias.  
     —Lo que os voy a contar sucedió en un día frío de invierno, uno de esos días oscuros que da miedo salir al campo. Había nevado durante la noche y toda la mañana —en este momento recordó el tono melodramático con que se lo contaba su madre y trató de imitarlo—. ¡Dios mío, cuánto nevaba! Los copos caían como mariposas heridas. En el pueblo todos permanecían refugiados al amor de la lumbre, junto a las chimeneas; las viejas y viejos extendían sus manos sarmentosas junto a las llamas. ¡Qué frío, abuela!, decían los nietos. Pues venid, acurrucaros entre mi halda. Las llamas hacían “cra, cra” y el gato soñaba “run, run”.
     —¿Y el lobo? —interrumpió Andrés, que se le hacía larga la introducción.
     —Calla, impaciente. A lo lejos, junto una carrasca corpulenta, como la del tío Guarín, se hallaba un corderito recién nacido, Apenas tenía lana y temblaba de frío. ¡Bee! ¡Bee!, llamaba balando a su madre, que buscaba algunas hierbas, medio ocultas por la nieve, bajo unas estepas. De pronto, una pareja de lobos subía al trote lobero por una cañada. Tres días llevamos sin comer, dijo el padre lobo. Cierto, tres días sin probar bocado, esposo mío.
     El abuelo iba cambiando el tono de la voz, según lo requería cada personaje.
     —Los lobos traían las colas esponjosas, las pupilas fluorescentes, los dientes afilados como cuchillas y las patas troteras. De repente, se detuvieron. Otearon el horizonte y aspiraron el aire. Por aquí huele a oveja, dijo la madre loba. Si no me engañan mis ojos, al pie de aquella encina, veo a un tierno corderillo. Los dos corrieron desesperados. ¡Hoy, por fin, comeremos, esposa mía,  seguro que estará bien tiernecito!  El cordero balaba asustado: ¡Bee, Bee! Mira, el pobre llama a su madre, dijo la esposa loba.  Entonces se le enternecieron las entrañas al recordar a sus lobeznos, recién nacidos, cuando los tenía ocultos en su cubil, y unos cazadores estuvieron a punto de dar con ellos. Venga, déjate de pamplinas y cógelo, o lo mataré  de un bocado, dijo impaciente el esposo.
      El abuelo Juan había abierto la boca, abalanzándose sobre Andrés, que se echó hacia atrás, a punto de caer de espaldas.
     —Entonces se lo llevaron y, convencido por su esposa, y con más paciencia que el santo Job, lo enseñaron a ser lobo. Alguna vez estuvieron a punto de merendárselo porque era muy torpe y muy cagón, incapaz de matar una mosca. La familia loba, apretada por el hambre y el frío, comenzó a merodear con frecuencia por aquellos campos, haciendo de las suyas. Los pastores estaban aterrorizados. Cada día les faltaba alguna res. Entonces juraron acabar con la familia loba. Llamaron a los mejores cazadores de la comarca y partieron en su búsqueda. Ese día, el lobo-cordero dijo a su nueva madre: ¿me dejas salir a comer unos brotes que vi ayer en aquella solana? Bueno, vete, pero ten cuidado, le respondió.  Apenas se había alejado,  cuando sonaron cuatro disparos que el eco extendió por las montañas como largos truenos.  
     Juan se fijó en los semblantes cariacontecidos de los chavales y detuvo la narración en el momento culminante. Había hecho lo mismo que cuándo se lo contó a su nieto.
     —Pero ¿qué pasó? —preguntó Enrique, impaciente.
     —¿No lo ves? ¡Se lo cargaron! —para Andrés no cabía otro final.
     —Quiá. qué va.  Aquellas viejas escopetas fallaban más que una carabina de feria. El lobo-cordero salió chospando como un lobo de verdad. En ese momento aprendió más que con todas las enseñanzas paternas. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
      En el último instante, el abuelo Juan había decidido cambiar el trágico desenlace por otro más amable. Enrique permanecía pensativo, no le parecía lógico aquel final. Estaba convencido de haber leído esa historia y creía recordar otra conclusión.
     —Me parece que ese cuento no acaba así. Nos está engañando.
     —A ver, Enrique, el lobo estaba de canto y medio oculto por un chaparro, sólo se le veía la culera. Creo que sólo se llevó una perdigonada en el rabo —y soltó una carcajada—. Además, chicos, los cuentos son eso, cuentos,  los podemos acabar como más nos apetezca, ¿no?
     —Pues a mí me ha gustado más así —dijo Andrés, buscando la confirmación en los ojos enramados y somnolientos del abuelo, que asentía con la cabeza.
      Enrique recordó, de camino a casa, dónde había leído él esa historieta. Fue directo al desván, al baúl forrado de cuero donde su madre le guardaba sus cuadernos de la escuela, y buscó entre los más antiguos. ¡Aquí está la copia!  Comprobó  los adornos añadidos por el abuelo y leyó el final: “¡zas, lla caíste lobo ladrón, lobo traidor!”. Y se echó las manos a la cabeza, al ver la falta de ortografía.