EL AFILADOR DE VILLALMANZO
AFILAR: Palabra que de pequeños, años 50 del siglo pasado, oíamos con frecuencia en nuestras casas. El arreglo de los arreos, la reparación de herramientas, de correas y cuerdas, las varas y trallas y sobre todo en las matanzas, exigían herramientas de corte afiladas. Los cuchillos,
navajas, tijeras, hoces, guadañas y hachas, que se necesitaban casi a diario, convenían que estuvieran afilados. En cada casa había piedras de arenisca para afilar. Los utensilios de corte de entonces, no muy acerados, perdían fácilmente el filo. Y claro, estaba el especialista que lo hacía muy bien: el afilador. Y todavía resuena en mi mente la breve melodía de la flauta de pan, el silbo o chiflo clásico del afilador, seguido del grito: “Se afilan, cuchillos, navajas, tijeras…”.
HISTORIA: Desde el comienzo de la humanidad desgastaron los hombres ramas y varas agudizándolas para que sirvieran como lanzas o flechas. Las piedras talladas eran cortantes pero había que pulirlas y eran difíciles de manejar. Se desgastaban las maderas duras para sacar objetos cortantes. Con el descubrimiento de los metales mejoraron las herramientas. Pasando de utensilios de cobre y de bronce, a los de hierro con un afilado más duradero. Las piedras areniscas o de esmeril se prestaban para afinar los filos. En las fraguas y carpinterías tenían unas ruedas grandes de arenisca en un foso y con un pie las daban vueltas al mismo tiempo que el agua enfriaba el filo para que no se destemplara. Goya y otros pintores inmortalizaron el oficio en sus cuadros.
EL OFICIO de afilador nació por la necesidad de tener objetos bien cortantes en casas y cofradías de artesanos en sus herramientas. Con el tiempo seleccionaron las piedras más apropiadas para dejar unos finos filos y hubo quien se dedicó a ir de pueblo en pueblo afilando.
Cuentan que llegó a Galicia un afilador extranjero con un artefacto de afilar a los hombros. Habiéndosele roto, encomendó a un carpintero su reparación. Y éste después lo copió y lo reprodujo. Para aligerarlo, acopló una rueda grande que servía para el transporte y una rueda pequeña
de esmeril, la tarazana, para afilar con comodidad. Así inventó el carrito de afilador. Oficio ejercido en todas partes pero más en las zonas orensanas. De donde dicen que los afiladores se desplegaron por toda España y ejercieron su oficio en ciudades y pueblos, comunicándose entre ellos en un argot: el ballarete. También arreglaban paraguas, objetos de cerámica poniendo lañas o reparaban la quincalla.
EL AFILADOR de Villalmanzo fue el tio Santos Casas. En los años 50 pasaba por las calles y plazas con su silbo, chiflo o flauta de pan, con su melodía rápida y al grito de: “El afilador. Se afilan cuchillos, navajas, tijeras…”. Después con su carrito montado en la plaza, con su vestimenta negra y su capa, esperaba a que los vecinos le llevaran sus útiles cortantes que, dada la mala calidad de su acero, se desafilaban fácilmente. A los niños nos llamaba la atención su flauta y deseábamos tener una parecida. Asimismo en aquellos años veíamos con admiración cómo afilaba sacando chispas de la pequeña rueda esmeril, encima del carrito, con un chirrido estridente. Recuerdo que de niño mi madre me mandaba a su casa con unos cuchillos, antes de la matanza, para que los afilara y pudiéramos sollar (afeitar) a los cerdos, después de chamuscarlos. Creo que por experiencia sabría que los cuchillos se debían afilar con maestría, con un ángulo de 12 a 20 grados.
El tio Santos, cascajuelo inteligente y buen conversador, vivía en una casa de la calle Valcárcel esquina a la Ronda de los Huertos, con su esposa Francisca, que desgraciadamente falleció a los 37 años, dejando a sus hijos Aurelia, Félix y Venancio de corta edad. Como el tio Santos estaba ausente varios días ejerciendo su oficio, encargó a una señora el cuidado de sus hijos. Mientras, recorría con su carrito las comarcas próximas a Villalmanzo y Burgos, llegando incluso hasta La Rioja. Con el clima tan frío y trabajando en las calles y plazas, es de suponer lo duro de su oficio, lejos de casa y familia. Cuando sus hijos fueron mayores aprendieron el oficio y compró un carrito a cada uno y así lo practicaron durante algún tiempo. Félix emigró a Bilbao y Venancio permaneció en Villalmanzo y siguió afilando fuera de su trabajo. En los años sesenta, la salud del tio Santos se deterioró y no pudiendo ejercer su oficio, se le veía en la plaza en su silla de ruedas por haberle amputado una pierna y a los 65 años nos dejó para siempre.

CONCLUSIÓN: En los tiempos modernos se fue acoplando la rueda esmeril a la bici, a la moto e incluso a un motor en la furgoneta. Ya rara vez se ve en la ciudad a algún afilador tocando su flauta y afilando en la calle. Hoy en día nos venden toda clase de artilugios de esmeril o acero con ventosas y eléctricos para afilar en casa nuestros cuchillos. Además, con los aceros inoxidables, los cuchillos tienen los filos más duraderos. Todavía, en ciertos oficios como carniceros, pescaderos, con la chaira de acero, afilan sus cuchillos. En las ciudades, para afilarlos, acudimos a Cuchillerías o a establecimientos de arreglos rápidos.
Pero recordamos con nostalgia al tio Santos, el último afilador de Villalmanzo. Su vida de trotamundos hubiera servido para una novela o película con sus vivencias en las correrías por pueblos y aldeas, soportando calores, fríos, lluvias y nieves, alojándose en incómodas ventas, posadas, fondas, paradores, mesones o casas particulares. Pero los que le conocimos seguimos recordándole con emoción, con su carrito, su vestimenta negra, resonando en nuestros oídos el sonido de su flauta, su pregón y el chirrido cuando afilaba, sintiendo que el tiempo se lo llevó…
CARRIGUERA