CUENTOS DEL ABUELO

Cuando los derechos humanos
    Estamos en el 10 de diciembre, y conmemoramos el llamado día de “Los Derechos Humanos”. Este hecho le ha traído al abuelo algunos  recuerdos de colores pintos. Nunca fueron  brillantes estos derechos hasta que en los años  80, celebramos con honores su 50º aniversario.  Eran mis últimos años como profesor activo, y  allí, en el salón de otras veces, todo el instituto supo algo de estos “Derechos”, hasta hacía  poco desconocidos. Se decoró para la circunstancia con los 30 artículos de su contenido y  los considerandos del Preámbulo, la simbología correspondiente y el Guernica casero.  El abuelo lo recuerda porque andaba en ello. Alguien pronunció la introducción  y se siguió con el desfile de aprendices de ciudadanos leyendo por vez primera  el contenido de la Nueva Ley o “Declaración Universal de Derechos Humanos” (1948). El acto académico lo protagonizó un diputado cuyo nombre no recuerdo, y lo cerró con una invitación a todos los presentes: recoged y leed el  folletito que en ese momento se os reparte. Nos comprometimos a dedicar la  próxima hora de tutoría a dialogar, si era posible, sobre su contenido y a poner  después por escrito las impresiones propias y colectivas. Recuerdo la buena  acogida que tuvo este compromiso. 




   El abuelo ha estado atento a los reportajes de ese día, sábado 10 recién pasado: ningún homenaje (¿Quién hace homenajes en días “de puente”?), con  inmigrantes al asalto de “los ricos” (¿Cómo no hacerlo viendo luces en las calles y en plenas compras de Navidad?), con asesinatos en Siria, día tras día,  (¿Es eso recordar la firma que estamparon en el documento?), con manifestaciones y represión en Rusia, con la locura de la crisis de lágrimas en la Europa  del Bienestar, con un espíritu renovado en América Latina (¡La nueva esperanza!)…¡No es lo mismo!, decía el abuelo, ¡no es lo mismo! 

  Cerró los ojos, contuvo la respiración y volaron miles de palomas por su  mente, de aquellas palomas blancas nacidas por esos días en la Europa hambrienta y derruía de la postguerra. ¡Otra vez sangraban!, se dijo. Las leyes  pueden ser buenas, pero la codicia de los hombres parece infinita. Y ¿tú quieres estar con los ricos?

                                                                                                   

     El Golilla