LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ

EL  SINDICATO  
     Recordaré la Casa del Sindicato, en  mi niñez, años 50 del siglo pasado.  He recabado datos para aclarar nombre y uso que se dio a este edificio.  Trataré de acercarme a lo que pudo  ser su historia. 

Edificio: Era una casa grande, un caserón, de adobes y maderas, de amplia planta baja cuadrada y piso. Mejor que muchas casas del pueblo, pero para entonces estaba ya destartalada. Situada entre la calle de las Carretas y la de las Citas, próxima al  Salón de Baile, tenía una gran puerta    de entrada por esta última. Daba  paso a una zona lóbrega, tal vez con  algún departamento. Una amplia  escalera de madera en el centro  conducía al piso superior con habitaciones. Las fachadas norte y sur  tenían ventanas pequeñas. Las paredes de adobe estaban revocadas  de mortero de cal y cemento. El tejado debía estar en buen estado. En  aquellos tiempos parecía abandonada aunque estaba “habitada”. Anejo  tenía un amplio corral. 

El Sindicato: De lo que me contaron,  parece ser que varios señores pudientes del pueblo, en los primeros  años del siglo XX, hicieron una sociedad, diríamos hoy cooperativa,  que el pueblo llamó sindicato, aunque no tenía el sentido ni la pertenencia a ninguno de los conocidos  sindicatos. Tuvo como sede y depósito de mercaderías esta casa.  ¿La construyeron ellos o ya estaba y  la alquilaron? Tal vez algún mayor o  historiador podría aclararlo. La finalidad de dicha sociedad era algo  altruista: ayudar a los pobres cascajuelos. Trataba de ser un pequeño  almacén de cereales y víveres. Daban a los labriegos lo conveniente  para la siembra y consumo, a crédito, y alimentos a mejor precio que la  competencia: tiendas y cantinas del  pueblo. 

El “tio” Barbas: El Sindicato, cooperativa, estaba dirigida por el “tio”  Barbas. Era un señor de aspecto    venerable con una luenga barba. Muy religioso y respetado por los niños, que  acudían a besar su mano y recompensaba con un dulce, bien escaso por entonces. Los productos que no se pagaban en metálico se cobraban en especie,  trigo o cebada, al finalizar el verano. Si la deuda era grande y la cosecha corta, venían los problemas. Las dudas sobre las cantidades retiradas o el precio  de las mismas surgían en el deudor. Pero si no llegaba a cubrir lo que se le  reclamaba, se incautaba alguna propiedad: finca o casa, agravando la miseria  familiar. ¿Cuándo dejó de funcionar y cómo se extinguió esta sociedad? Posiblemente el conflicto y escasez de la guerra del 36-39 acabó con aquella cooperativa. 

Los Richales: Todavía recuerdo con pena la infausta vida de estos dos buenos  hermanos. A pesar de que hoy les consideraríamos “okupas”. Pobres de solemnidad, como se decía entonces, habitaban esta casa en los años 50. Más  bien dormían y pasaban frío, porque no tenían nada de nada. Indalecio estuvo  casado, le nació un hijo y enviudó. Vivieron en una casa cerca de la iglesia, que  perdieron lo mismo que una era, por falta de “perras”. Pasaron a ocupar la Casa del Sindicato. El hijo, llegó a la mocedad y murió. Los mayores cuentan con  horror su entierro, sin ataúd (caja), dada la pobreza de la familia. Tuvieron el  oficio de jornalero, es decir, estar a disposición de quien les diera trabajo; no  existía el paro. Ya mayores, apenas si tenían ocupación. Les vi trabajar de poceros, adoberos, cavadores y sepultureros. Pasaban gran parte del tiempo en los  bares para beber, comer algo, a veces fiado, y quitar el frío. Murió Indalecio y  recuerdo que Francisco, asomado a la ventana, le despidió lastimeramente:  “Adiós hermano…”. Cuando se arregló lo de la jubilación, recibió unos atrasos,  que aunque mínimos, usó para pagar deudas y hacerse un traje de pana, que  desgraciadamente no lució mucho… Que Dios los tenga en su gloria. 





Conclusión:
La Casa del Sindicato, tuvo una vida efímera: buena casa, almacén  de víveres, frecuentada, abandonada y derruida. Los niños en los años 50 entrábamos en ella para correr aventuras. Los mozalbetes nos animaban. Al pasar el  portalón y penetrar en aquella penumbra se nos encogía el ánimo y más si oímos  ruidos o a los Richales, que aparecían “jurando” y amenazándonos con decirlo a  las autoridades: alcalde, maestro y cura. Entonces huíamos como alma que lleva  el diablo. La casa quedó abandonada y se arruinó del todo.

    Como cooperativa,  sindicato como lo llamaban, ¿cumplió su finalidad benéfica? ¿Hubo usura? No  tengo datos. En los años 70 estuvo expuesto un proyecto de viviendas unifamiliares sobre aquellas ruinas. Decían que estaban bien de precio, pero nadie “picó”.

    Hoy  todo está rejuvenecido. Acaba de inaugurarse  en su solar un edificio de planta baja como  consultorio médico y una gran sala, que ha  acogido en su inauguración parte de la exposición etnográfica de Villalmanzo.



     Deseamos  éxito en las actividades del “nuevo Sindicato”  sin olvidar aquél de nuestra niñez y a sus  “pobres moradores” que el tiempo se llevó…
  
                 
 Carriguera