LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ
LOS HORNOS DE PAN
Voy a
referirme a los cocederos de pan privados, que había en mi niñez, años
50, en Villalmanzo. No a los de los panaderos de profesión, o de los
actuales, modernos y mecanizados. Habría una docena para uso de los
vecinos del pueblo. Recibían el nombre del dueño: el horno del tió …o
de la tiá … Ah, ¿pero queda alguno?
Situación social:
Recordaré que en aquellos años (50-60 del siglo XX) había gran pobreza
en Villalmanzo. Las familias basaban sus míseros ingresos en una
economía rural de subsistencia. Casi todos los vecinos se dedicaban a
la agricultura y ganadería. Debido al minifundio, la falta de medios
mecánicos y abonos, unido a la pobreza del terreno, las cosechas apenas
si llegaban para el sustento de una familia numerosa. “El nuestro pan
de cada día” era en gran parte la base de la alimentación. No
hacía mucho que había dejado de estar racionado. Tenía costumbre cada
familia, una vez al mes, de usar un horno para hacer sus hogazas.

El horno de pan era una
pequeña edificación de planta baja, de unos 7x4 m, de propiedad
particular. Tenía una puerta y un ventanuco que daban a la calle o al
corral, con suelo de tierra y sencillo tejado. El elemento
imprescindible, el horno de leña, se situaba en el centro. Era una
tosca construcción de adobe, con una base circular. A un metro de
altura, quedaba la zona de cocción bajo una semiesfera. Por una boca, a
ras del suelo, metían los manojos de sarmientos. Encendidos, el fuego
ascendía por el centro calentando el horno. Había una chimenea en un
lateral y la boca para meter el pan.
El mobiliario era muy sencillo:
rústica mesa, artesa, pala larga, cedazos, tableros, tocas y poco más.
No había agua ni luz eléctrica. El aspecto del lugar era lúgubre,
oscuro y ennegrecido, con ceniza por doquier. Débilmente iluminado por
el ventanuco y la puerta abierta y los clásicos candiles de aceite o
petróleo.
Proceso: Para hacer pan
solicitaban permiso para usar el horno un día determinado. Recogían la
levadura del último usuario. De mañanita se preparaban los demás
ingredientes: harina, sal, agua (y raramente azúcar, si se
hacían pastas). Entre varios miembros de la familia, niños incluidos,
trasladaban todo al horno y los manojos. Cernían harina en la artesa
con cedazos sobre barandillas (dos palos largos). Mezclaban agua
caliente, harina, sal, levadura y lo amasaban. Se tapaba un rato la
masa con la mancera (sábana) para que fermentara. Después se amasaba
sobre el tendido haciendo 4 ó 5 tortas y unas 16 hogazas de más de 2
kg. Prendían los manojos dentro del horno y probaban si estaba caliente
con un canto (hornazo) e introducían las tortas y hogazas. Después de
más de una hora se sacaban ya cocidas.
Los niños: El día de
cocción era para nosotros una fiesta y más si horneaban pastas.
Salíamos de clase volando para ver si podíamos degustar la torta y
ayudar. Si nos dejaban un poco de masa hacíamos una rosquilla que con
nuestras “limpias” manos cambiaba de color. Por la tarde ayudábamos a
trasladar las grandes hogazas y todo lo demás, para dejar limpio el
horno.
El Pan: En la posguerra
estuvo racionado. Además se debía hacer pan “negro”, mezcla de harinas
de trigo, centeno, cebada, avena, etc. y salvado. El pan” blanco” los
primeros días era una delicia. Después de varios días las hogazas se
endurecían y las últimas solían “encanecerse”. Encentar una hogaza era
un ritual que correspondía al padre. El primer corrusco era muy
solicitado entre los hermanos. Las rebanadas de pan untado en vino era
el “bocata” de los recreos y si se podía, con un poco de azúcar, mejor.
¿Recuerdan el sabor de aquel pan con uvas o con miel? La miga era lo
que menos gustaba a los niños. Pero no sobraba, porque en el bolo o
relleno del cocido estaba sabrosísima. El zoquete (pedazo de pan duro)
tenía en las sopas de ajo su fin estimulante en el desayuno de las
frías mañanas. Pero al hambre no había pan duro, porque empapado con
aguardiente o “consuenda” quitaba el frío a los mayores, en la gélidas
mañanas y si no, con agua, para los niños, también entraba bien.
Conclusión: El dueño del
horno recibía en pago un pan. A veces se utilizaban las hogazas como
pago o trueque. En la década de los 60, los panaderos del pueblo
empezaron a tener más actividad y los hornos particulares fueron
dejando de usarse. En principio daban una cartilla con un número de
vales para hogazas. A cambio se tenía que entregar una medida de trigo.
Apenas se pagaba en metálico salvo quien no tenía labranza.
Posteriormente, dejó de usarse la cartilla y compraban con dinero panes
y después las barras. Con el alza del nivel adquisitivo y disminución
de la familia, los hornos dejaron de usarse. Lástima si no ha quedado
ninguno en el pueblo. Mientras, seguiremos pidiendo a Dios que no nos
falte un mendrugo cada día.
Carriguera
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